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Colombia vivió una jornada histórica y atípica con la posesión presidencial de Abelardo de la Espriella. Por primera vez en la historia moderna del país, los actos de transmisión de mando se desarrollaron fuera de la capital de la República, extendiéndose por casi tres horas. El evento estuvo marcado por profundas rupturas políticas y gestos simbólicos que anticipan un giro radical en la conducción del Estado colombiano.
La jornada inició en el auditorio de una prestigiosa universidad privada, recinto que acogió a delegaciones internacionales, parlamentarios y a los nuevos miembros del gabinete ejecutivo para el acto de juramentación e imposición de la banda presidencial. La ceremonia civil se caracterizó por notables ausencias, ya que no contó con la presencia del gobernante saliente, Gustavo Petro, ni de los expresidentes Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, de quienes De la Espriella ha sido un férreo crítico.
Un protagonismo inédito de la fe en el protocolo estatal
Uno de los momentos que mayor controversia y debate generó durante el evento fue un extenso segmento religioso de 28 minutos, algo inusual en las posesiones presidenciales del país. Tras el juramento del mandatario y de su vicepresidente, José Manuel Restrepo, el auditorio presenció una cadena de oraciones liderada por representantes de diversas doctrinas.
El Gran Rabino de la Comunidad Hebrea Sefaradí, David Michaan, cerró su intervención con un «viva Israel», evidenciando el viraje diplomático del nuevo gobierno en el conflicto de Medio Oriente, donde se buscará consolidar a Tel Aviv como aliado estratégico. Posteriormente, el pastor evangélico Eduardo Cañas tomó la palabra, ratificando el peso político que este sector tendrá en el nuevo gabinete con ministros como Jaime Andrés Beltrán (Vivienda) y Viviane Morales (Educación). Este marcado tono religioso provocó el retiro voluntario de congresistas de la oposición, quienes argumentaron una presunta violación a la naturaleza laica del Estado colombiano.
Discurso de «mano dura» desde las entrañas del Ejército
Tras culminar la fase civil y espiritual, la agenda se trasladó hacia el Cantón Militar Batallón Pichincha. Desde este punto estratégico, resguardado exclusivamente por escuadrones de las fuerzas armadas y transmitido por pantallas al público general, De la Espriella pronunció su primer discurso oficial como Jefe de Estado, el cual se prolongó por más de una hora.
El mandatario centró su intervención en materia de orden público, enviando un mensaje directo a los grupos ilegales y ordenando a las tropas una confrontación inmediata. «La seguridad no se construye con concesiones al crimen, sino con autoridad y constancia», sentenció el presidente, quien además acuñó su conocido apodo al declarar que «El Tigre ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo». Con estas afirmaciones, el nuevo gobierno dio por agotadas las opciones de diálogo con las organizaciones criminales.
Símbolos de la base popular: La Ruta Milagro
La jornada también reservó un espacio para la base social del nuevo movimiento político. Entre la toma de juramento de los altos mandatarios, subió al escenario Luis Felipe Yagüé, un comerciante de panela de 74 años procedente del departamento del Caquetá, quien cobró notoriedad nacional en redes sociales durante la campaña electoral por defender su derecho al voto.
De la Espriella abrazó efusivamente al comerciante y lo presentó formalmente como el invitado de honor y el primer beneficiario de «La Ruta Milagro», una nueva iniciativa estatal diseñada para subsidiar y potenciar el crecimiento de los microempresarios y trabajadores independientes del país. Con este acto, la administración entrante delineó los tres pilares de su gestión: una estricta política de seguridad, impulso al emprendimiento popular y un fuerte arraigo espiritual.